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Marilina Ross presenta a sus españolísimos viejitos doña Jesusa y don Enrique

18 de abril de 1984

Como en la canción que les dedicó, juntos tuvieron 3 bebitos y ahora tienen 4 nietos para malcriar

Marilina Ross presenta a sus españolísimos "viejitos” doña Jesusa y don Enrique

Ambos recuerdan que Marilina fue la sonrisa de la casa y el dolor los invadió cuando ella debió partir al exilio, amenazada de muerte. Una canción que refleja todo el amor por sus mayores y el recuerdo de un encuentro -allá en la Madre Patria- regado con lágrimas de felicidad.

"Quiero contarles que mi padre un día, dejó su Asturias y su Navia tan querida, sus ancestros de vaqueiro y mitad de una poesía. Montó a caballo sobre un mar de miedos, llegó a mi tierra y encontró brazos abiertos, pero igual durante un año sin querer lloró."

Esta estrofa pertenece a una canción que María Celina Parrondo -a la que todos llamaron Marilina Ross desde que nació- escribió a su padre desde España cuando en el año '76 tuvo que abandonar el país porque la amenazaron de muerte y su nombre figuraba en las famosas listas negras. "La idea de la canción surgió cuando mi padre me escribió contándome por primera vez el profundo dolor que había sentido cuando tuvo que dejar su tierra. Al leer sus líneas me sentí más acompañada y le contesté componiendo este tema". La entrevista con Marilina Ross la tuvimos en el departamento donde viven sus padres."Esta fue mi casa y aquí viví hasta que me tuve que ir a España. Ahora viven ellos y son los dueños de todo." Una escalerita nos lleva al pequeño comedor donde vamos a charlar por más de una hora. Varios muebles -algunos chinos- y una ventana que deja ver las plantas que cuida su mamá. Por toda la casa hay muchos recuerdos de España y muchísimas fotos de ella. "El que las junta es papá. El viejito no se pierde una". Y es verdad. Están todas las Marilinas: la nena, la adolescente, la actriz -un enorme mural de ella en "La Raulito"- y hasta la cantante de hoy, con su ropa blanca y su gigantesca guitarra. "Vení sentate, los viejos se están preparando para las fotos". Y mientras esperábamos a sus "papás" hablamos de sus recitales, de sus próximas presentaciones en el interior del país y del calor de la gente, de la "buena onda" como diría Piero, su amigo del alma. "Buenas tardes, soy el papá de María y por mi acento se dará cuenta de que soy español, bueno, vaqueiro". Nos explica que los vaqueiros fueron una raza española que "trabajábamos con el ganado todo el día busca del verano. Pero, siempre nos echaban de todos lados porque no pertenecíamos a ningún sitio. Mire usted, que no teníamos derechos ni a morir en el camposanto". No caben dudas que su acento al hablar en bien español, camina despacio, se ríe seguido pero es el más llorón de la charla. "Sobre todo si escucho la canción que me dedicó mi hija." Se llama Enrique Parrondo, tiene 78 años y es el papá de Marilina.

"Pero de pronto, invadió su vida, un torbellino que le contagió su risa, le enseñó a cantar, cantando sus canciones pamplonicas. Juntos vivieron, juntos trabajaron, juntos tuvieron tres bebitos en las manos y ahora tienen cuatro nietos para malcriar". La que viene hacia nosotros con una sonrisa es doña Jesusa Lazaun Ross, una vasca de 77 años. "Por fin llegaron, pero siéntese, por favor". Nos extiende su mano pero le damos un beso. "Yo siempre digo -comenta Marilina- que mamá es una castañuela. Siempre tiene algo que hacer y está de un lado a otro. Por eso es que yo tengo mucho de los dos, la melancolía del viejo y el humor de la viejita". Doña Jesusa habla de sus hijos Juan Enrique (46), Ricardo (45) y de sus nietos Pablo y Marianela (ambos de 18 años) y de Javier y Diego (ambos de 10) con mucho orgullo pero no puede negar que Marilina "fue la sonrisa de la casa, nuestra locura. De chica siempre corría como un cohete, me daba trabajo para comer, pero la verdad, siempre se portó bien. A veces protestaba porque con su padre le hablábamos siempre de España, pero qué se le va a hacer, es nuestra tierra ¿no?" "Inclusive -agrega Marilina- todos los 7 de julio festejábamos en casa San Fermín como si esto fuera Pamplona. Y venga con el disfraz, la boina roja y la bota de vino. Mi infancia fue muy divertida, esperaba con mis hermanos los carnavales por los disfraces que los hacía mamá y las batallas de agua con los amigos del barrio".

"Hasta yo tuve que disfrazarme -dice su padre- Me tuve que vestir de indio apache si no mi señora no me dejaba ir al corso. Porque yo siempre acompañé a mi hija a todos lados, ¿sabe?". "Che -reprocha doña Jesusa-, yo también la acompañé a todas partes a mi hija".


"Como mis padres, yo también un día, dejé mi tierra y una que otra rebeldía y le prometí a mi padre terminar yo su poesía. Monté a caballo sobre un mar de miedos, llegué a mi tierra y encontré brazos abiertos. Tan queridos que hasta pude yo también llorar, tan queridos que hasta puedo ahora también cantar".

"El día que tuve que dejar la Argentina recuerdo que mis viejos habían organizado un asado en casa y lloré mucho, muchísimo." "Pero una vez que ella estaba fuera -dice su papá- cuando el cartero me tiraba una carta de María por debajo de la puerta, para mí ese día se convertía en fiesta". "Sucede -agrega Marilina- que a mí me costaba mucho escribirles. Era como tomar conciencia real de la distancia y de lo que había dejado allá, mis cosas, mis afectos y mis padres". Y Marilina en España pudo conocer "por fin" la casa de la que tanto le había hablado su padre, la centenaria casa en donde él había nacido y que estaba arriba de un monte. "Cuando la vi sentí de inmediato que una parte de mi vida estaba en esas paredes. Como explicarte, yo, la María de los Parrondo estaba ahí y no lo podía creer." Fue una emoción muy fuerte. Todo el día lloré y sin vergüenza". Recién en el año 78 sus padres pudieron viajar a España para ver a su hija. "En cuanto la vi -relata su padre- lo que me llamó la atención fueron sus piernas largas y flaquitas. Vino corriendo con los brazos abiertos y confieso que al primero que abrazó y besó largo rato fue a mí." "Claro, qué vivo -responde doña Jesusa-, te abrazó a tí porque estabas antes que yo. Y si te besó durante veinte minutos fue porque tú no la soltabas. ¡Qué piola!"

Y mientras sus padres discuten a quién saludó su hija primero, Marilina los mira con ojos, cómo explicarlo, creo que son los ojos de toda mujer que ama. "Y qué te parece, vos no podés darte una idea de lo que ellos son en mi vida. No sólo lo mejor que he encontrado en esta vida, sino que también forman parte del capital más importante que llevo en el corazón." Doña Jesusa se levanta del sillón para servirnos algo fresco. Aceptamos y brindamos por la felicidad de la familia. "No tanto brindis porque mi viejo se larga a llorar." "Mejor así -responde su padre-, siempre me gustaron las lágrimas de felicidad y de vida." Hicimos un alto en la charla para la foto. Doña Jesusa se arregla el cabello y don Parrondo muestra a la cámara su mejor sonrisa. "Tené cuidado con el perfil", se adelanta a decir la mamá de Marilina mientras que su hija agrega: "Ves -le toca la nariz a su madre- yo tenía la misma naricita que mamá. Por eso en una de mis canciones digo "Tenía otra nariz, un aire familiar". Y posaron para las fotos. Todos juntos, así, muy unidos. Tan unidos como su hija dice que le gustaría estar la mayor parte del día. "Pero desgraciadamente por mi trabajo y mis compromisos no puedo. De todas maneras, a los viejos los tengo muy dentro de mí. Ellos me dan fuerzas, me ayudan. Los admiro porque toda la vida lucharon de frente y fueron leales a ellos mismos. Y yo hoy, a los 41 años, como ellos, estoy tratando de serlo a través de la verdad." Casi al terminar nuestro diálogo, Jesusa y Enrique confiesan que tienen el privilegio de escuchar los temas que ella compone antes de la grabación. "Siempre nos trae la guitarra y nos canta las nuevas canciones. A nosotros nos gusta mucho lo que hace María. Sobre todo, esa canción que dice 'Aunque no lo veamos, el sol siempre está'." Y termina el reportaje. Marilina afirma que "sólo espero heredar de mis padres la sabiduría que ellos tienen, no por haber estudiado en colegios, sino por haber sabido vivir dignamente y con los ojos bien abiertos. También quiero seguir viendo el 'sol', para no lastimarnos, para querernos más cada día que pasa".


Silvina compartió esta nota.

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