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Sufrir es una manera de crecer

06 de marzo de 1988 - Revista Clarín. Edición Nº 15.111

Sufrir es una manera de crecer


Marilina Ross ante la música, el dolor y los miedos

Por: MARÍA ESTHER GILIO

Uno se pregunta si alguna vez la infancia abandonará a Marilina Ross. Si llegará un momento en que la madurez, o más tarde, la vejez, lograrán marcar ese rostro de niña eterna. Todo en ella está igual que hace muchos años, quince, dieciocho tal vez. La piel, el pelo, la manera de moverse y caminar, los gestos. Sin embargo, ella asegura que todo es el afuera, que internamente maduró. Escuchándola hablar y observando la expresión de sus ojos, es imposible no creerle.

-Vos pasaste de la actuación al canto sin que nos diéramos cuenta, como si ambas cosas fueran lo mismo. ¿En qué se parecen ambas cosas?

-Creo que en ambas se busca comunicación, que es lo que siempre me interesó. En lo más personal, podría ser el mostrarme.

-Sería una manifestación de narcisismo.

-Sí, pero hay allí algo muy positivo, ya que en cuanto uno se muestra da el pie para que también se muestren los demás. Y hay otra cosa: yo necesito mucha música.

-¿En el sentido de que te da placer?

-Es eso y más. La música me permite expresarme directamente, sin intermediarios. Lo cual no pasa cuando se actúa, en que uno se expresa siendo otro. Yo sentí en un momento que tenía que llegar a lo más autentico de mí misma. Y para esto tenía que quitarme todos los disfraces, las caretas.

-¿Cuáles serían las caretas?

-Estilos de vida, formas de conducirme impuestas por la educación. Y en ese camino estoy. Un largo camino que exige muchas energías.

-¿Esto tendría que ver con tu abandono del teatro?

-Mucho que ver. Vivir otras vidas, como ocurre en el cine y el teatro, dificulta el camino hacia uno mismo, hacia el centro más esencial de uno mismo. Lo cual significa, en definitiva, facilitar el conocimiento de los demás.

-Conocerte para conocer, quererte para querer, respetarte para respetar.

-Sí, eso es.

-¿Qué cosas de tí se modificaron en los años de exilio en España?

-Todo esto que digo tuvo que ver con el exilio. Yo siento que fueron años de crecimiento.

-¿Eso tiene que ver con el dolor?

-Sí, con el dolor que produce la lejanía, las pérdidas, la importancia de poder estar donde quería. Tuve que aprender.

-En una canción le decís a tu padre: "Tengo miedo de que después te vuelvas a dormir", ¿Cómo vivió el tu exilio?

-Tengo muy clara una carta suya. Tal vez una de las últimas, antes de morir. Me decía: "Te necesito; volvé. No tengo con quién hablar de la muerte".

-Es extraño que te buscara a vos para hablar de la muerte.

-Estábamos muy conectados. El sabía que yo podía entenderlo.

-¿Temía morir?

-Para nada, a pesar de ser ateo.

-Los españoles cuando son ateos lo son apasionadamente. No sé por qué. Tal vez porque la Iglesia fue especialmente autoritaria en España.

-El era socialista y, sí, totalmente incrédulo. Yo, en cambio, creo en Dios.

-¿Y cómo es tu Dios? ¿Vigilante, lejano, de premio y castigo?

-No, no. Creo que a Dios lo llevamos adentro. ¿Ves?, es de estas cosas que yo querría hablar si volviera al teatro o al cine. Pero nadie me propone temas así.

-Es un tema que está en casi todos los grandes clásicos, aunque a veces no de una manera directa, explícita.

-Sí, pero yo quisiera que hoy se hablara de estos temas desde nosotros y desde este tiempo. Pienso en El sacrificio, de Tarkowsky, donde éste es el tema.

-En una de tus canciones decís: "Me asusta la vejez", ¿En qué sentido te asusta la vejez?

-Me asusta el deterioro. En esta sociedad despiadada, uno es en cuanto produce. Y cuando dejás de producir, más vale que te vayas, que desaparezcas. Pensá en el respeto por los ancianos que existía antes, en otras civilizaciones. Eran los más escuchados.

-¿Y vos escuchás a los ancianos?

-Sí, claro que depende de qué ancianos. Muchos están conformados por esa sociedad de la que hablábamos. Otros, en cambio, han defendido y creado sus propios valores y así han alcanzado, en algún sentido, una forma de sabiduría. Un español, padre de un amigo mío, a los setenta años se planteó hacer algo que diera un nuevo sentido a su vida y decidió pintar. Nunca había tomado un pincel.

-Vos seguís teniendo el aspecto de la adolescencia. Me pregunto si es casual o si hay una decisión, consciente o inconsciente, de mantenerte en la adolescencia.

-Yo no hago nada. Es la cáscara que perdura.

-En general la cáscara está muy relacionada con el adentro.

-Hay cosas de la infancia que elijo no perder. En una canción digo: "La niña que fui se alegra de verme llegar".

-¿Cuáles serían esas cosas que querés conservar?

-La capacidad de sorpresa, por ejemplo. La capacidad de cambio. No hay nada de lo que yo pueda decir: esto es así por toda la eternidad. Creo que todo se mueve, cambia, se modifica. Otra cosa que quiero conservar es cierta ingenuidad que sigo teniendo. No toda, una parte, ya que hay también una parte que no me sirve para nada.

-Cuando enfrento a alguien que teme a la vejez, siempre quiero saber cómo la imagina.

-Me imagino viviendo con amigos de mi edad en una casa grande, luminosa. Una especie de comunidad de personas con gustos parecidos, con una parecida filosofía de vida. Te parecerá mentira, pero ya lo estamos planeando.

-Tengo la impresión de que aquel miedo a crecer del que habías hablado en alguna canción pasó.

-Sí, pasó.

-Pero ahora hay otros miedos, todos tenemos miedos. ¿Cuáles son los tuyos?

Marilina se queda largo rato pensativa. Largo, largo rato. Finalmente dice:

-Tal vez mi miedo mayor sea perder mi condición más... divina. Perder mi conexión con el Dios que tengo adentro.

-¿Y porqué pensás que podés perderla?

-Porque constantemente la pierdo, aunque luego la recupere.

-Volviendo al dolor del exilio, que según decís te hizo crecer. ¿Por qué pensás que el dolor hace crecer?

-Sufrir es meterse en el pozo, enfrentar de cerca lo que te está pasando y tratar de entender. Cuando a uno le va bien, no pierde tiempo en examinar ni por qué ni cómo, simplemente goza. No se aprende. Sufrir es una manera de crecer.

-¿Cómo era tu visión al irte del país? No me refiero exclusivamente a lo político, sino a toda tu posición frente al mundo, un mundo que, creo, estabas dispuesta a cambiar.

-Todo para mí pasaba por la política. El que no pensaba políticamente como yo no valía la pena. Yo no perdía con él ni dos minutos.

-En definitiva eras lo que podemos llamar una fanática.

-Me pasaba algo grave, porque en definitiva somos seres humanos y tenemos más puntos de conexión que de esa manera nos perdemos. Hoy siento que me consideraba la dueña de la verdad, el centro del Universo.

-¿Cómo se produjo el cambio?

-Cuando me fui del país, mi cabeza se empezó a abrir. También mi corazón.

-En la canción de que hablábamos, en que confesas: "me asusta la vejez", decís también otra cosa que es hermosa y terrible: "...el gesto de morir que no podré mirar..."

-Esa canción la hicimos juntas con Cristina Banegas. Ese es un gesto que te perdés, mejor dicho, que tu cuerpo se pierde, porque yo no creo que todo se acabe con la muerte, creo que simplemente se termina un ciclo.

-¿Y después?

-Y después... después... Ese es tema de otra canción.

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