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La aventura de cantar

Domingo 2 de agosto de 1992 – Revista NUEVA

Marilina Ross

La aventura de cantar



Por: MIGUEL GRINBERG
Fotografías: Roberto Azcárate

Directores como Fernando Solanas y Alejandro Doria han insistido obstinadamente para recuperarla como actriz. Marilina Ross se queda un rato en silencio cuando le preguntamos la razón de su negativa. Sonríe, con esa sonrisa suya de siempre, mitad niña traviesa y mitad aventurera de la armonía, y tras recorrer, sin duda, algunas imágenes del cofre de su memoria, explica: "Yo a la actriz la dejé. Elegí la música, componer y dedicar toda la energía a esa parte mía que había intentado ser en otros momentos, que me fallaron, y entonces seguía la actriz adelante. Un día dije basta y junté toda mi fuerza para esto de la música, no como un oficio, sino compartir las cosas que me conmovían, las que iba aprendiendo y transmitiendo".

Todo "basta" en la vida no responde a una sola cosa, brota de una suma, y a veces también de alguna resta. Agrega: "Fue exactamente en 1981, había regresado el año anterior después de cuatro años de trabajar en España, como actriz, agotando esa profesión que ya no me hacía feliz: hacer la española en historias que me eran ajenas, peleándome constantemente con lo que tenía que hacer, sin poder disfrutar ni encontrar entusiasmo, que es el motor de todo lo que hago y lo que hice siempre".

En aquellos días había cumplido un sueño querido de muchos actores y actrices del globo: estudiar arte escénico con Lee Strasberg, padre teatral de toda una generación de intérpretes. Marilina viajó a Los Ángeles y, allí, uno de los profesores, Dominique De Fazio, quedó atónito al escucharla cantar sus temas durante la guitarreada de despedida. Y le dijo: "Ahora estás transmitiéndome lo que yo quería que me transmitieras como actriz". Ella también sintió que era así. Aunque a la hora de filmar La Raulito y asumir un personaje tan fuera de serie, conmovida por su criatura pudo entonces conmover actoralmente, como un tifón de sentimientos.

Marilina Ross se recuerda como portadora de guitarra desde los 17 años, cuando compró la primera de muchas. Trabajaba entonces con Luisa Vehil, como actriz. Siempre sintió que la música era su lugarcito. Sus primeras tentativas fallidas como cantante fueron en el extinto sello Trova. Tampoco interesó su Carta a papá que arregló el Chango Farías Gómez, entonces pilar del Grupo Vocal Argentino: era 1968 y pasó con pena y ninguna gloria.


Hacia 1965, mientras en la calle Florida chisporroteaban las experiencias vanguardistas del Instituto Di Tella, en la calle Viamonte, cerca de Plaza Lavalle, se había configurado el primer café-concert en serio de la Capital: el Café Teatro Estudio. Teatro, jazz y copas en el gran salón de planta baja de un caserón porteño, con sillones como si fuese el living de la abuela. Cuando no había función, Enrique Villegas desplegaba Gershwin desde el piano. Los directores Augusto Fernández y Carlos Gandolfo habían montado El tiempo de los carozos, con Federico Luppi y un plantel de gente nueva, sueños infinitos, vigor fraternal.

La música del espectáculo era de Marilina. Iba entre las mesas cantando con su guitarrita, y tenía partes como actriz. Cuando salió de ahí hicieron falta dos personas para reemplazarla. Una, Nacha Guevara, que también empezaba a hacerse escuchar como cantante. Otra, Dora Baret para la actuación.

Fue un buen momento para Marilina como figura de TV, haciendo La Nena. Seguía componiendo, pero eso ni se escuchaba ni se veía, había otras cosas en la vitrina. Muy amiga de Piero, en 1974 -dice- "me obligó a juntar todas las canciones y a grabar un LP, que él produjo, llamado Estados de ánimo, no había mujeres cantando entonces, un disparate. Casi simultáneamente con la filmación de La Raulito, de Lautaro Murúa. Fue una época bárbara, hice Piel Naranja, una telenovela de Alberto Migré. A él le encantó el disco y empezó a incluir los temas: salió el éxito de Quereme, tengo frío".

El éxito de La Raulito en España genera una lluvia de propuestas. Aquí todo se le da en contra y las acepta. Por un lado, como recuerda, "bancarse estar lejos", pero por otro un cambio que no sabe cómo llamar, a nivel conciencia. El dolor la empuja a tropezar con partes suyas desconocidas, que asume como "un cambio espiritual, y lecturas desde Castaneda a Krishnamurti, todo lo que venía a mis manos. Empiezo a darme cuenta que no estaba haciendo lo que más quería hacer, y que no estaba viviendo donde quería vivir. Que todas las elecciones profundas referidas a mi felicidad seguían desatendidas. Seguía cumpliendo allá con la actriz, a la que le iba muy bien. Fui muy mimada, muy bien tratada".

De regreso en 1980, comienza a cantar en boliches. Y eso pasa funcionar, con mil dificultades, en una ciudad donde los clubes de jazz o los recitales rockeros solían ser constantemente hostigados por la mera transgresión de convocar demasiados jóvenes extrovertidos. Recuerda: "En mis canciones comenzaba a reflejarse todo lo que había leído. Sentía que eso le hacía bien a la gente, era una especie de mimo, de mañanita abrigada". Ese aunque no veamos el sol, siempre está...

La guerra de Malvinas en 1982 sacó de circulación toda la música grabada en inglés: el rock argentino, de paria marginal pasó a ser masivamente multipropalado. Tres sellos grabadores requirieron grabaciones de Marilina Ross. Poco antes de eso, Sandra Mihanovich le había pedido un tema para grabar. Puerto Pollensa tuvo un éxito conmovedor. Marilina lo firmó con su verdadero nombre, María Celina Parrondo. Entre ese antecedente, y los éxitos personales, las salitas laterales comenzaron a quedar chicas, hacían falta teatros más grandes. Bastaban los afiches callejeros para colmarlos.

Desde entonces no ha parado: su discografía suma hoy once álbumes. Trata de transmitir todo lo que ha venido expandiéndose en su alma desde aquella chispa inaugural en España, y todo lo que ha ido creciendo en ella desde entonces, como un jardín interior: aprendizajes, descubrimientos y revelaciones. "Transmito todo lo que me duele, todo lo que me hace feliz, despliegues internos, lo que me sucede visto desde una óptica que ilumine un poco, que ayude. Es casi una idea de servicio".


Almas encendidas

La realización de un disco convoca a mucha gente que luego se da por sobreentendida, pero que a la par de una cantante se esmera en realzar el resutado final. El album más reciente de Marilina Ross, con base en una canción cuya letra pertenece a Eladia Blázquez, se llama Contra viento y marea. No es una simple colección de canciones con acompañamiento de guitarrita. Cuenta con un sólido respaldo orquestal, responsabilidad de Ángel Mahler, voces provenientes del Coro Polifónico de la Matanza, y las guitarras de Lucho González y Daniel Alabre González.

Es una historia de almas encendidas, de pedidos de perdón por el año causado a nuestro planeta, de memorias oscilando en la geografía de la niñez, amores que fluyen como el agua, dolores escondidos, crecer en un mundo sobrecargado de burlas, y -por fin- corazones abriéndose camino por el territorio de una adolescencia que se resiste a jugar el juego de una adultez metirosa.

Marilina insiste en que está lejos de ser una cantante. Se ha guiado siempre por la intuición, igual que la actriz a la que no quiere regresar, se esfuerza en comunicar sentimientos y diseminar semillas de claridad, de encuentro. Apostando simplemente a la vida, con todos sus misterios y todas sus sorpresas. "Si llevamos ardientes la estrella en la frente igual que una tea, entre un bosque de pinos se abriá algún camino contra viento y marea... El amor tiene un duende que ríe, que enciende, que crea y recrea."

Contemporánea de una época que ha sido muy dura, no sólo con los jóvenes de la Argentina, sino con varias generaciones que no han podido convertir sus sueños en realidad, Marilina es una más entre quienes hacen de la canción un puente, un abrazo, una mirada cara a cara para decir verdades florecientes.


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