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Marilina: el símbolo y el equilibrio

Marilina: el símbolo y el equilibrio

Mamá colectiva y pública, hada madrina que sabe posarse en tierra firme, Marilina Ross conformó en "Mis hijos naturales" (presentado en el Opera el fin de semana), un espectáculo integral cuidado y equilibrado en sus menores detalles en el que las canciones tienen tanto valor expresivo como la escenografía, la correcta utilización de los espacios y la excelente puesta de luces, que completa los símbolos propuestos por la solista.

Marilina Ross durante el recital ofrecido en el Ópera el fin de semana. Equilibrio y valor expresivo en un buen repertorio.


Por: SIBILA CAMPS

Quien juzgue a Marilina Ross como cantautora será porque no la conoce más que a través de sus fotografías fonográficas, sin haberla visto sobre un escenario, o porque no le pescó la vuelta. Pero el arte es tan infinito y libre, que en él también cabe esta ternura al alcance de la mano, esta mamá colectiva y pública que, con acierto, ha llamado Mis hijos naturales a su último trabajo, presentado el fin de semana en elÓpera.

Sin tenerle miedo a la vida, o mostrándolo desde la tibieza de su sonrisa, Marilina ha sido, por primera vez, la autora y directora general de su espectáculo. No un recital con puesta en escena, sino una obra cuidada hasta en sus más mínimos detalles, que podría ser calificada de comedia musical unipersonal, de no ser porque la palabra "comedia" acerca alusiones de una cierta frivolidad, ausente en este caso.

La escenografía montada como un inmenso taller con reflectorista a la vista, donde los músicos están integrados a la maraña de contraluces, torres y reflectores, es para Marilina un contexto y un vehículo para comunicarse, tan válido y necesario como contar un cuento, cantar y moverse sobre las tablas con una naturalidad envidiable.

La excelente puesta de luces -cuya responsabilidad comparte con Hugo Traferri y con Fabián Boggino- es, también, otro gesto hacia el público, dentro de una concepción del espectáculo que busca sugerir, que lleva a pensar, a suponer, a interpretar. Marilina se maneja con símbolos sencillos y claros, que concreta tanto a través de los espacios escénicos (manejados con inteligencia y sin abigarrar los volúmenes de por sí bastante ocupados), como de las luces, de los efectos especiales de Trentuno, de sus desplazamientos y hasta su propio vestuario, más práctico que espectacular.

Con un resultado didáctico no premeditado, mira hacia el mañana sin amputar el presente, toca con la punta de los dedos lo espiritual sin sacar los pies de la tierra, y plasma un equilibrio en el que no confunde cotidianidad con lugar común. En ese planteo, los arreglos del tecladista Ángel Mahler cumplen a la perfección la función de marco de un conjunto bien asentado, en el que cualquier rasgo personal resultaría contraproducente.

Algo sobrecargada en los teclados al principio, la instrumentación se convierte en una ambientación tan integrada a las necesidades expresivas de Marilina, como la iluminación y la escenografía. Cabe, sí, una mención especial a Laura Hatton (flauta, coros y percusión), apoyo y refuerzo tan sólidos como invisibles de la solista, a quien cubre y redondea los huecos que deja su voz afinada y arenosa.

Mis hijos naturales no es ni más ni menos que una etapa más crecida en ese diálogo siempre disponible de Marilina con el público. En él caben, por lo tanto, no solo las nuevas canciones ("Solo setenta", "Así no", "Un domingo lluvioso", la ironía de "Basurero nuclear", entre otras), sino también los viejos hitos ("Soles", "Escaleras mecánicas", "Cruzando las grandes aguas"), y hasta un bien ubicado popurrí, redimensionados en este nuevo contexto.

Para un público de todas las edades, donde el predominio de los jóvenes no excluye a muchos niños y preadolescentes, Marilina Ross es la buena amiga que señala caminos sin recortar las alas, la hermanita mayor que abraza sin sofocar ni empalagar. Recibe, entonces, multiplicado, el guiño de afecto que echa a rodar un ser humano que no solo no le teme a la gente, sino que, al frotarse en ella, encuentra su principal motivo de existencia.



Una Silvina compartió la nota y la otra Silvina colaboró tipeándola.

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