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Marilina Ross: alas para un lenguaje de imágenes

Martes 5 de diciembre de 1989 - La Nación

Marilina Ross: alas para un lenguaje de imágenes

Marilina Ross en "Conectándome en cuerpo y alma", acompañada por Ángel Mahler en teclados y dirección musical. Músicos invitados: Alejandro Seoane en guitarra y Enrique Schimpf en saxo, Sexteto de cuerdas (Graña-Prusak-Marcelli-Fiocca-Morelli-Mouroux); Grupo de tango: Héctor Arbelo y Rafael del Pino (guitarras) y Tito Propato (bandoneón), y Coro Fundación Banco Cooperativo de Caseros. Coreografía: Daniel Fernández. Bailarines: Guillermo Gramuglia y Sandy Brandahuer. Luces: Teddy Goldman. Efectos especiales: Trentuno. Puesta en escena y dirección general: Marilina Ross. Teatro Ópera.

Por: RENÉ VARGAS VERA

"La razón y la pasión sólo van unidas en los espíritus verdaderamente sanos". Lo dijo el poeta Luis Franco. Y agregó: "Antes de conocer el amor, es difícil que alguien sepa qué son la verdadera alegría o el verdadero dolor".

Marilina Ross cuenta vivencias, no como la historia de su cronología, sino como momentos. En ellas vive un ser humano sensible que ve en la belleza el mayor imán del amor. Porque la belleza es armonía.

Para ello se vale de un lenguaje escénico de imaginativa plasticidad. La idea es trasladar en imágenes la tesis casi hedonista de Marcel Schwob y su pensamiento en "El libro de Monelle", a partir de una historia que se presume autobiográfica. No es cuestión de percibir el tufillo a dogmatismo de "Ama el momento, todo amor que dura es odio; sé sincero con el momento, toda sinceridad que dura es mentira", sino el sentido final de "Mezcla la muerte con la vida y divídela en momentos".

Marilina Ross da un paso más en su idea de impresionar los sentidos, de deslumbrar y sorprender, sin perder del todo el hilo conductor en la narración de sus momentos.

Luces y sonidos espectrales, desplazamientos escénicos, danzarines que bailan coreografías casi expresionistas, humos blancos y frescos, llamativo despliegue del video, estallido de bombas con papelitos, flores que se abren, grupos musicales de diversos géneros que emergen desde el foso, un hermoso perro extraviado en plena escena y una pequeña co-protagonista que va inventando su papel, pero que simboliza su alma, son los componentes que se fusionan con canciones en las que sobrevuela una humana y sugerente poesía.

Marilina ha concebido un introito introspectivo. Ese momento íntimo -precedido por una atmósfera de aquelarre con ráfagas de luces multicolores, ostinatos rítmicos y acordes impresionantes, que luego se transportan a la música de las estrellas, sugestivamente aproximada a la de la película "Encuentros cercanos del tercer tipo" o del "E.T."- da pie para recorrer desde una canción el camino de la infancia.

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Ángel Mahler es otra vez el titiritero que mueve los hilos de la armonía. Y Marilina la expresiva intérprete que ingresa y sale de su personaje para ejercer alternativamente su condición de actriz y cantante. No siempre esas transiciones teatrales logran que el hilo conductor permanezca intacto. A veces se quiebra y los gestos quedan suspendidos o congelados en el aire.

A pesar de los excesos de efectos especiales, la música y la poesía siguen por buen camino. De estos cercanos, permanecen en la memoria variados climas: uno es el canto al amor, de "Veranito de invierno" y el espíritu vivaldiano del sexteto de cuerdas ("Somos felices/porque nos enamoramos/y en pleno invierno brotamos/igual que en la primavera"); otro la conexión total del público de pie mientras Marilina canta "En este mismo momento" ("Un amor se va muriendo/ y otro viene galopando"). Quizá pasará de largo la ampulosa canción rococó sin palabras que Mahler le dedica a su hijo, pero quedará el magnífico cuadro de "Che grandulón" con Marilina vestida de compadrito, su tango bien canyengue y unos bailarines elásticos y comunicativos. Quedará indeleble el canto a capella de "Se puede" que resuena como otro himno a lo largo del teatro; el poema "A veces quisiera" recitado con emoción por Marilina, y, sin duda, los videos de "Adictos" y el canto a la locura creativa de Dalí en "Eungenio Salvador Dalí" ("De dónde acaba el loco/ a dónde empieza el hada") a través de la canción popular, un cello que hace el contracanto, y las fotos de sus obras.

Marilina se pregunta dónde quedó el alma, en qué laberinto de la ciudad sumergida. Quizá está en "la lumbre de los amantes". Ellos nos pueden enseñar que "somos parte de lo mismo", que "todos nos necesitamos".


Muchas Gracias Silvina por tipear esta nota

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