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y mi padre sigue haciendose presente...



IX) Y LAS CARTAS SIGUIERON LLEGANDO…


Y si… el día de mi cumpleaños amaneció con un SOL gigante y arrollador… y mi sonrisa se dibujó cómplice de sus palabras… sentí que él desde Buenos Aires, se estaría sonriendo al unísono conmigo, y eso, me hacia sonreír aún más. Es increíble como todo puede cambiar según el cristal con el que se mire. Ahora el cristal con el caleidoscopio del Mago, venía conmigo… y sus palabras siguieron sonando y acompañando mi vida. Nunca me pregunté hasta hoy ¿qué sería lo que llenaría tanto al Mago? Quizás mis cartas tendrían la misma pasión e intensidad que las suyas?. Yo recuerdo que le contaba sobre mi vida, mi estudio, mis rebeldías, mis viajes del alma…. y deshilaba cada pisada del Principito en el desierto y las entretejía con los planes de vuelos rasantes de Juan Salvador Gaviota. Dibujaba todas las canciones de María en forma de historietas y se las mandaba… y en esos sobres, también viajaba yo.

Sus cartas siguieron llegando, como siempre… El Mago no sabía lo que era la soledad, siempre me repetía: “yo no estoy nunca solo, yo hablo y discuto conmigo mismo”. Sus relatos se convertían en grandes enseñanzas de vida. Recuerdo cuando me contó sobre otra feria de caballos en Oviedo, que él recordaba con especial cariño. El amaba esas ferias, se sentía orgulloso de ir con su padre a vender caballos. Les llevaba varios días tal hazaña. Para él eran fiestas del alma. Todas las cartas del Mago eran exquisitas, todas estaban llenas de magia y aventuras, llenas de reflexiones hacia la vida, llenas de arte, pero hay una que viene a mí, ahora. El Mago escribía:

-En el paraíso donde estaba mi casa natal, la Rebollosa, había muchos caballos, pero dos especialmente que recuerdo. Ellos siempre estaban juntos en esa pradera rodeada de árboles. Cuando fuimos a la feria de Oviedo, ese año, mi padre vendió uno de esos caballos. Fue muy difícil atraparlo. No podían separarlos. Yo podía verlo claramente, conocía a esos dos bellos y nobles animales perfectamente. Pasó un año y vino la feria siguiente. Estaban todos los animales en varios corrales separados por cercos, hasta que de pronto, se sintió un estampido… y unos relinchos muy fuertes. Desde lejos, venía abriéndose camino un animal, y desde el otro extremo… el otro galopando y haciendo a un lado todo lo que se les cruzara por delante. Todo el mundo pudo verlo. El espectáculo fue increíble, abriéndose paso, levantando polvareda y relinchando los dos… hasta que se encontraron. Eran los dos animales que habíamos separado el año anterior… y se abrazaron y se juntaron felices… fue un espectáculo maravilloso.



Cuando Piero llegó a España a visitar a nuestra hija del alma, llegó a Navia y le dijeron que María estaba en la playa, una playita pequeña frente al mar Cantábrico en Navia. Cuando Piero corrió a la playa y María lo vio llegar se abrazaron y besaron felices igual que los caballos en la feria de Oviedo. Es la imagen más bella que puedo contarte de lo que es la amistad para mi-.

Cómo no enamorarme una y otra vez de relatos cargados de tanto amor, magia, poesía y simpleza de un inmigrante de ahora ya 78 años, que compartía sus más íntimos y amados recuerdos conmigo? Por qué habría de hacerlo? No lo sé, tampoco me lo preguntaba en aquellos tiempos… solo lo disfrutaba y lo guardaba en mi corazón… como un regalo del Universo. Y ¿cómo no mirar la vida con otros ojos? ¿Cómo no bajarme de un mundo consumista y globalizado?... cuando un duende me decía: “la vida… pasa por otro lado”…

En ese entonces, no existía la posibilidad de que el Mago algún día ya no estuviera, no existía porque simplemente, como en “de tiempos y océanos”… para mi edad, un estanque era “un océano”… y la muerte era… simplemente… “una palabra”. Además el Mago venía de una familia longeva, que lo llenaba de orgullo pero también le garantizaba, de alguna manera su larga estancia en esta vida… y yo también me confiaba en eso.

Imposible relatar todo lo bello que el Mago me escribía. La flauta del juglar seguía sonando cada vez que un sobre blanco aparecía debajo de la puerta, hasta que la música empezó a sonar más lenta y la melodía se sentía cada vez más lejana… mientras me contaba que “la vida le estaba haciendo algunas malas pasadas”. Aún así se ocupaba de mantener viva las imágenes de las bellezas que viviría cuando llegara a su tierra, me recordaba a las dos tías que me esperarían y el camino exacto que debía andar: Madrid-Oviedo, un taxi y a Navia, y la dirección exacta de Aurelia. No olvidó hasta en sus últimas cartas recordando su decepción con Don Ramón Campoamor, por no cumplir con su palabra… al no morir en el Río Navia.


Un día, llegó una carta, muy corta, y las palabras débiles, pero claras… -¿Quién puede asegurar que puedo vivir más años?- El Mago ya no dominaba los renglones, sus oraciones caían en el horizonte de las líneas, pero dominaba increíblemente su claridad, su paz y su paleta de colores. Como si fuera un Van Gogh, un Picasso, o un Cezanne, dibujó pinceladas que quedarían como estelas al óleo… a la espera del destino.

Llamé a la casa, como siempre, pero esta vez atendió Susy y con mucha tristeza me dijo que Enrique había dejado esta vida. Mis días se hicieron extraños, el cablecito del teléfono esperó años colgado en mi pieza de estudios hasta que un día lo guardé en una caja de metal anaranjada, donde aún hoy debe permanecer intacto… Sin embargo, la tristeza me atravesó como un río, el agua se filtró por todos los huecos del alma, y finalmente llegó al mar… nunca se detuvo, simplemente logró fluir sin impedirme escuchar el alma. Aunque mis ojos vieran la lluvia, mi corazón podía ver el sol… que estaba por encima de las nubes oscuras.


(también continuará…)

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