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Marilina: creencia y crecimiento

Domingo 10 de noviembre de 1985 - Clarín Espectáculos

Marilina: creencia y crecimiento

Creer y crecer, tras un pasado doloroso, son el eje en torno del cual Marilina Ross y Susana Torres Molina construyen "Cruzando las grandes aguas", en el teatro Opera, metáfora de compleja realización en la que música, teatro, luces y efectos especiales se conjugan con coherencia, buen gusto e infalibilidad.


Marilina Ross, el buen gusto y la coherencia en un espectáculo de intachable validez.


Desde que, hace tres años, presentó Soles, Marilina Ross viene ahondando en una temática que preocupa a buena parte de los argentinos: los dolores sufridos colectivamente durante el proceso, el exilio, la reinserción en la patria, la necesidad de creer y de crecer a partir de la vida y de la memoria. Este último aspecto, tomado como la metáfora de un barco que zarpa rumbo al futuro, constituye el eje deCruzando las grandes aguas, su último trabajo discográfico que terminará de presentar en Buenos Aires esta noche, en el teatro Opera.

Marilina -con la imprescindible coautoría y empatía de Susana Torres Molina- arma cada espectáculo con el afecto y la generosidad de quien prepara la cena de Navidad para sus seres queridos. Un escenario construido como un barco en alta mar, en el que los tripulantes son los músicos; un itinerario cuyas calmas y tempestades, plenilunios y amaneceres se corresponden con coherencia irreprochable con las nuevas canciones y unos pocos éxitos anteriores colocados con absoluta naturalidad, la llevan a expresarse multidisciplinariamente a través de una simbología sencilla.

Esa simplicidad está convalidada por su voluntad de comunicarse a través de un lenguaje verbal directo, explícito y en ocasiones previsible. Con el objetivo de mantener la homogeneidad.

Marilina se ha expuesto -como de hecho ocurre en la última media hora de este trabajo de 90 minutos- a que el leit-motiv caiga en cierta saturación, a que la recurrencia a determinadas imágenes que le son características en todo su repertorio deriven en la reiteración.

De todos modos, se trata de riesgos inevitables y justificables para quien, como ella, hace de cada presentación una entrega de amor, un acto de fe en el prójimo. Esta Marilina Ross de hoy en día ha logrado conjugar con integridad su pasado teatral y cinematográfico, y asumir un presente en el que no importan las definiciones artísticas ni personales, sino los resultados -incuestionables- de su fin supremo sobre el escenario: la comunicación constructiva.

Todo tiene sentido y oportunidad en Cruzando las grandes aguas. Compleja y valiente producción de Rubén La Rosa, condensa una creíble escenografía de Susana Torres Molina con la excepcional puesta de luces compartida con Rubén Grosso, los precisos efectos especiales de Trentuno con el impecable sonido de Eduardo Hinrich operado por Jorge Martínez y Santiago Botet. Son, apenas, los principales responsables de esta completa y detallada creación, en una breve enumeración que deja en el tintero a una veintena de eficaces colaboradores.

Todo lo antedicho invalida el derecho a profundizar en el análisis estrictamente musical. Cantante que recita, actriz que entona, creadora que se manifiesta simultáneamente en varios códigos, probablemente no se proponga decirlo todo a través de la música, de temas rítmicamente repetitivos, que se concretan en arreglos pertinentes aunque sin sorpresas.

Infalible como el resto del equipo, La Banda de la Plaza cumple un papel irremplazable en este esquema: Rodolfo Gorosito en guitarras,Carlos Tribuzy en bajo, Gustavo López en batería (con la que podría aprovechar mejor las posibilidades de innovación en la chacarera Y que nunca más y en Lunita Bahiana), Carlos De la Peña en piano y teclados, Laura Hatton, brazo derecho expresivo de Marilina en los coros y en la flauta.

Cruzando las grandes aguas podrá concitar adhesiones incondicionales en nombre de la sinceridad y la esperanza, o bien provocar reparos en función de una visión un tanto ingenua y sin matices de la realidad. El veredicto final es totalmente subjetivo, y no empaña el respeto que inspira una propuesta de validez intachable.

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