VII) VINO TINTO, SABADO 5 PM CON EL MAGO EN PALERMO
A las 5 PM exacta yo estaba en la puerta del bar llamado CAFÉ, en Palermo. Era una calurosa tarde de verano porteño.
El Mago apareció caminando, como venido desde otros mundos…. simplemente su silueta se dibujó emergiendo de una cantidad de gente que iba y venía… y allí estaba él con su sonrisa fresca y su andar pausado.
Entramos al bar… lo primero que hizo fue mostrarme la servilleta que decía Bar “CAFÉ” y me pregunta: -¿te acuerdas que cuando yo era pequeño y estaba internado en el colegio, mis compañeros me llamaban Café?-... –claro!- le dije -A vos no te gustaba que te llamaran así…. y cuando te escapaste del colegio en 1917 y te cruzaste con ellos en una de las ferias en Oviedo te gritaron: Adiós Café!!! y vos les respondiste: adiós esclavos!!! Viva la libertad!!!-. El Mago se sonrió, miró la servilleta con su apodo… un largo tiempo y yo respeté, con mi silencio, los recuerdos que pasaban por su corazón.
Cuando vino el mozo el Mago solo me preguntó: -tomas tinto o blanco?-... y solo respondí : -tinto mejor-. Me contó que cuando él llegó a Argentina, trabajó un tiempo en ese bar donde estábamos y que había sido una linda experiencia tratando de empezar una nueva vida como inmigrante. Miraba detenidamente todos los rincones. Es casi imposible poder contar, todo lo que aprendimos juntos. Quizás mucho más todo lo que he aprendido yo, desde mi corta experiencia en la vida entonces. El solo trató de reforzar muchas cosas que me había dicho en cartas, y se aseguró de confirmar otras…
-Te voy a contar lo del Monte Cascarón-… me dijo cuando sirvió la primera copa de vino tinto.

Desde la Rebollosa con el Cascarón detras
-Cuando era niño, les dije a mis hermanas que había plantado chocolate en el Monte Cascarón…. Entonces, subía al Monte con unas barritas de chocolate escondidas (a veces, subía antes y las escondía en algún lugar secreto para que ellas no me descubrieran)… y cuando bajaba, les entregaba el precioso regalo: el chocolate de mi plantación. Nunca ellas me preguntaron cómo era que el chocolate ya bajaba elaborado en barritas. Simplemente creían en esa magia de la plantación de chocolate…. y los disfrutaban. Yo me sentía muy feliz por eso… magia que duró mucho tiempo… y llenó mi infancia. Cuando mi hija del alma fue por primera vez a la Rebollosa, buscó el chocolate no lo encontró… quizás tú lo encuentres-… y se sonreía mucho… casi cómplice de sí mismo.
Mientras el Mago contaba algo, sea lo que fuera de su tierra o de la vida, lo envolvía un halo de luz y de paz que es prácticamente indescriptible… con palabras. Lamento no poder transmitir esa magia aquí.
-Tu viajarás y conocerás el mundo, eres muy joven, pero nunca te radiques en otra tierra: “inmigrante es una fulera palabra”. Viaja y recorre todo lo que quieras, pero siempre regresa a tu tierra natal. Nada puede expresar el dolor que se siente al estar lejos de los orígenes. El corazón siempre está partido en dos… y los recuerdos viajan por dentro de uno mismo sin poder encontrar una respuesta. Pero cada cosa a su tiempo niña y “cada cochino con su teta”. ¿Sabes que cuando una cochina tiene cochinillos hay leche solo en tantas tetillas como cochinillos nacerán? La naturaleza es sabia, y debemos aprender de ella. Ya verás y podrás comprobar lo que te estoy diciendo. Eres aún joven. Pero las cosas llegaran a tu tiempo y recuerda siempre estas palabras-.
El Mago constantemente me repetía una y otra vez: cuando estés allí…. cuando llegues al paraíso que es La Rebollosa… y afirmaba con una gigante sonrisa: -YA VERAS QUE TODO ES COMO TE LO CUENTO EN MIS CARTAS!-... yo simplemente decía: -ojalá Enrique, algún día…- (en ese momento, uno tiene toda una vida por delante… y todo es posible!).
Iba acabándose el vino, hasta el fondo de nuestros corazones y la tarde empezaba a caer… cálidamente.
Me dijo: -vamos aquí cerca, quiero mostrarte un lugar donde he vivido y pasado unos bellos años de mi vida en Buenos Aires-.
Caminamos, lentamente, el Mago trataba de recordar… dimos varias vueltas… hasta que se detuvo frente a un edificio. Miró el tablero de timbres… me miró como si yo pudiera ayudarle a recordar… y volvió a mirar el tablero. Decididamente tocó uno de los timbres. Yo no tenía idea donde estábamos… andábamos simplemente… por la vida. Atendió una mujer y él solo dijo: -Mi nombre es Enrique Parrondo, soy el papá de Marilina Ross, viví hace muchos años en este departamento y desearía mostrarle la que fue mi casa a mi nieta-. No creo que nada ni nadie pudieran resistirse a la ternura de ese abuelo tan sincero y simple. El Mago era un artista para “abrir puertas” porque las abría con el alma. La señora bajó a abrirnos y al ver a semejantes dos extraños pero indefensos personajes nos hizo pasar… y el Mago me mostró orgulloso su departamento. Me contó lo que había en cada rincón, sonriente y feliz. Se transportó en el tiempo.
Salimos y me dijo que quería regresar y entrar al Botánico de Palermo, faltaba poco para que el sol cayera. Estábamos bastante cerca. Caminamos por el jardín botánico, caminamos… y caminamos… yo solo lo escuchaba. Nos sentamos en un banco, a mirar la naturaleza. Los pajaritos discutían sus posiciones en las ramas para pasar la noche. El sol penetraba entre las ramas de los árboles con la misma magia que las palabras del Mago se acomodaban en mi corazón.
-Mañana regresas a tu ciudad- me dijo. –Me gustaría que pasaras a despedirte-
Esas palabras me recordaron el último diálogo entre el Principito y el Zorro. Sentí la fuerza del alma del Mago… pero la mía aún era débil para despedidas.
(continuará…)